Un día
desperté horrorizado, estaba tan pequeño que apenas si podía verme yo mismo,
era de un tamaño microscópico. Todo era enorme, una pequeña gota de agua
fácilmente podía haberme matado. Le podía servir de alimento al insecto más
insignificante. Definitivamente, yo no era nada, si mucho una imperceptible
partícula de polvo flotando en la inmensidad del universo.
Temeroso en mi insignificancia,
levanté mis ojos al cielo y le supliqué protección, quería ser como antes;
grande, fuerte y poderoso. Quería de nuevo mirar a las criaturas de la tierra
hacia abajo. Le imploré a Dios que me ayudara.
Abrí mis ojos, había tenido un sueño
muy real. Caí de rodillas junto a mi cama y le agradecí a Dios por que era tan
grande como siempre. Sin embargo, al levantar mi mirada hacia el cielo me di
cuenta de que el enorme ojo de Dios me observaba a través de un
microscopio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario