Un viejo sabio estaba de
visita en la cálida y polvosa ciudad. Todas las personas querían verlo, hablar
con él, pues su sabiduría era reconocida en todo el mundo. La mujer más fina de
la ciudad no era la excepción. Ella también quería conocer en persona al sabio.
Movió sus influencias con los lideres de la ciudad y logró que se organizara
una comida en honor al sabio en su casa, ahí estarían los más ricos, finos e
inteligentes de la comarca, sería una gala que el sabio no podría olvidar
jamás, quedaría más que complacido.
El gran día por fin llegó. El gran
sabio tocó a la puerta de la lujosa mansión, venía solo, sin corte. A la puerta
se asomó una mujer pequeña, humilde, con uniforme de sirvienta.
-Buenas tardes señor –dijo la
pequeña mujer-. ¿A quién voy a tener el placer de anunciar?
-Soy un hombre venido de lejos, me
esperan a comer en este lugar.
-Pase usted por favor, en seguida lo
anuncio.
Cuando los invitados y la mujer fina
vieron que el sabio se acercaba, se extrañaron, pues aquel sabio no traía un
traje de lujo, ni una corte real. Traía una ropa de lo más simple y el en su
persona se veía humilde. A pesar de eso, ellos sabían que era un gran sabio y
lo trataron con toda atención y buena educación.
Después de un rato de preguntas
inútiles que hacían los invitados que el sabio componía con gran sabiduría en
sus respuestas, llegó la hora de comer. Todos pasaron a la mesa y la pequeña
sirvienta sirvió los alimentos.
Todo estuvo delicioso –dijo el sabio
al final de la comida-. Les agradezco en gran manera su cortesía y su
hospitalidad. Ahora ha llegado el momento de entregar un regalo muy especial
que he traído de lejanas tierras. Es una joya de belleza sin igual y se la voy
a entregar a la persona más fina, de más clase de esta casa y de toda la
comarca.
Todos tronaron ansiosamente sus
dedos, a pesar de que nadie había visto la joya todos la codiciaban. El sabio
se puso de pie y anunció al ganador de la joya.
-Entrego esta joya preciosa –dijo
con voz queda- a la persona más fina de este lugar. Pero no la veo en la mesa,
no esta aquí.
Todos se pusieron nerviosos y un
tanto molestos porque se dieron cuenta que la joya no les correspondía.
-¿Quién es esa persona? –Dijo la
mujer fina anfitriona de la gala-.
El sabio, con un tono delicado y
pausado dijo:
-La pequeña mujer que me ha abierto
la puerta.
En la casa se escuchó una
exclamación, mezcla de coraje y asombro.
-¿Pero que burla es esa? –dijo la
mujer fina-. ¿Cómo puede ser ella la persona más fina de la comarca? Aquí
reunidos estamos los más importantes, grandes doctores, políticos, ricos en
general, somos todos finos, elegantes, distinguidos. Esa pequeña mujer no es
más que una criada, una muerta de hambre.
El sabio les pidió calma y les
explicó:
-Ustedes tienen educación, dinero y
poder, pero no fineza. Una persona fina es educada, amable, comprensiva con los
demás. No hace acepción de personas, a todos los saluda y nunca falta los
buenos modales. Ustedes maltratan a sus trabajadores y se sienten superiores a los
que tienen menos. Son incapaces de decir unos buenos días o unas gracias, a
menos que sea a alguien de su altura. Son maleducados en todos los sentidos.
Aquí, la única que tiene los requisitos para ser una persona fina y recibir la
joya, es la pequeña mujer que sirvió la comida.
El sabio le habló a la mujer y le
dijo:
-Fina mujer, te entrego una joya de
incomparable valor y belleza.
El sabio estiró sus manos y le
entregó a la mujer un libro de sabiduría. La mujer lo tomó entre sus manos y lo
abrazó emocionada. Era el mejor regalo que le habían dado en su vida. Todos los
demás quedaron decepcionados, ya no trataron igual al sabio. Pensaban que era
un embustero, egoísta y tacaño. El sabio se fue de la casa en busca de los
finos de la ciudad, que obviamente, no estaban en esa casa.
Los grandes ricos y poderosos de la
ciudad se quedaron en la casa de la mujer fina doloridos y rubicundos. Todos se
decían para si:
-¿Para que queremos sabiduría y
educación si tenemos poder y riquezas?
No hay comentarios:
Publicar un comentario