Ella pasa como un relámpago de luz y fuego, mostrando su delicada figura
a las atónitas miradas. Sus pasos son suaves, tan suaves que no se atreven a
tocar el polvo del suelo y flotan sobre las húmedas moléculas del viento. Los
girasoles dejan de ver al sol por un momento y le contemplaban a ella como si
fuera la máxima atracción del universo. Es bella esa mujer, como un amanecer
después de una noche de espanto. Las estrellas, la luna y el sol van tras ella
como fragmentos tras un cometa. Sus ojos parpadean como las furiosas olas del
mar. Sus labios jugosos deslumbran como el sol de mediodía. Su piel morena
atrae todo hacia ella como el centro de la tierra atrae a todo. Sus piernas
como torres que defienden a capa y espada la entrada al castillo del rey. Su
cintura delicada y breve como el instante en que la veo pasar. Su espalda
frágil me insta a pecar por un momento y a soñar toda la vida. Sus pechos
suaves se mecen al compás de sus pasos y me hipnotizan en la brevedad de un
siglo. Es bella esa mujer, bella como la hermosura de la luz que atrae a los
moribundos al otro mundo.
Por fin el valor me invade y me
acerco a ella como un niño que ha descubierto un tesoro.
-Hola, -digo-.
Ella no dice nada.
-Eres la mujer más bella que haya
visto. Me deslumbra tu estampa.
Ella no dice nada, sólo me mira como
mira la esperanza.
-Siempre te veo pasar, desde hace
tiempo te observo. Eres tan preciosa como una joya.
Ella sigue en silencio, mirándome,
pero un grito de hermosura sale de sus labios con el esbozo de una sonrisa.
Sonrisa como blancas perlas y el universo en su cara.
-Tengo que confesarte, hasta hoy te
amaba en silencio, mas no soporto ya, tengo que decirlo, te amo, como nunca
antes amé.
Ella por fin rompe el silencio. Su
voz surca el viento y contacta mis oídos como la miel a un paladar.
-Hola, tú también me pareces un
hombre encantador. Yo también te miraba desde hace tiempo en mi pasar y tengo
que confesar, hasta hoy te amaba en silencio, pero ya que tú has hablado tengo
que decirte algo, te amo, como nunca antes amé.
El silencio invade a mi voz. No
puedo creer lo que sus labios me dicen. Me ama, esa bella mujer me ama como la
amo yo. Ella me mira directo a los ojos y siento caer a un abismo. Sus labios
rozan a mis labios y siento la muerte primera. Su cuerpo se abraza a mi cuerpo
y el contacto de nuestro todo me invita al cielo. Nuestras manos se entrelazan
al separarse nuestros labios. El silencio, profundo silencio me ha invadido. La
mujer que creía imposible está a mi lado y me ama como yo a ella.
De nuevo rompo el silencio y al oído
le digo:
-Dime si eres un ángel del paraíso
que ha venido a salvar mi alma o eres un demonio del infierno que ha venido a
perderme.
-Ni uno ni otro, simplemente soy una
mujer que te ama y quiere compartir la vida contigo.
-No lo puedo creer, te veía siempre
tan lejana, nunca esperé que fueras mía. Tu amor me llevará a la muerte segura.
-Que te lleve, que nos lleve si es
necesario, pero que la miel que probemos de los labios y el calor que sintamos
de los cuerpos sea el veneno más dulce.
Así es, el veneno que nos une tiene
sabor a miel. La amo y me ama, con pasión, fuego, ternura y veneno.
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