Hay cosas que aunque sean sinceras nunca se deben de decir porque una
herida traicionera no es tan fácil de cerrar. Esto me dijo hace tiempo una
mujer, al momento en que yo le decía adiós. Ella lloraba amargamente, las manos
le temblaban y el aliento se le cortaba, no se atrevía a soltar mi mano y yo la
tuve que alejar. Ella dio la media vuelta y se fue llorando, la vi partir por
el camino de mi corazón a su corazón por última vez.
Cuando
el tiempo pasó y la imagen de aquella mujer ya sólo era un recuerdo opaco en mi
memoria, vino el ángel del amor nuevamente a mí y me clavó su flecha en el
centro de mi corazón, la pasión llegó como un torrente furioso hasta cada una
de las células de mi ser, la silueta de una dama se metió por mis ojos y se alojó en lo más profundo de mi
alma, yo estaba seguro de que aquella mujer era la que Dios había destinado
para ser mía.
Pero,
cuando más enamorado estaba, cuando sentía que nada podía separarnos, cuando
más ilusiones crecían dentro de mí, ella me habló y me dijo adiós, yo le pedí
alguna explicación, lloré, mis manos temblaron, el aliento se me cortaba, no me
atrevía a soltar su mano y me tuvo que alejar. Antes de irme le dije:
-Hay
cosas que aunque sean sinceras nunca se deben de decir porque una herida
traicionera no es tan fácil de cerrar. Y me fui llorando por el camino de su
corazón a mi corazón por última vez.
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