En la canasta de frutas de mi cocina había dos frutas. La primera era
una manzana roja, su cáscara brillaba y se miraba perfecta, era sumamente
antojable al gusto. La segunda era una naranja. Su cáscara estaba churida y
tenía unos puntos negros que denotaban putrefacción, se veía digna del cesto de
basura.
Como cualquier persona en su sano
juicio hubiera hecho, tomé la manzana. Al morderla, que horrible sensación, la
manzana estaba podrida por dentro, toda su pulpa era negra y bofa.
-Que extraño, -pensé-, la apariencia
de la manzana es perfecta pero por dentro no sirve para nada. Creo que hoy me
quedaré sin comer fruta.
Tiré a la manzana a la basura y con
recelo miré a la fea naranja. La tomé y sin pensarlo comencé a quitar su
horrible cáscara. Gran sorpresa, por dentro era hermosa, sus gajos con líneas y
color perfectos y su aroma delicioso. Trocé uno de los gajos y lo comí. Sólo
puedo decirles que es la manzana más rica que me he comido en mi vida.
-Que extraño, -pensé-, la apariencia
de la naranja es horrible pero por dentro es dulce y hermosa.
Después de que me comí la naranja
medité un poco acerca de lo sucedido y pensé que los humanos muchas veces somos
así. Muchos se ven perfectos, hermosos, aparentemente son grandes personas, sin
embargo por dentro están podridos y vacíos. Otros se ven horribles, la
imperfección es su principal característica,
aparentemente son personas sin valor, sin embargo por dentro son
hermosos y llenos de paz.
Esto es lo que yo pensé, tú no
tienes que pensar igual. Debo terminar este escrito con un solitario; “tal
vez”.
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