La niña entró con pasos lentos como si quisiera nunca llegar, o como si
todo el peso del mundo le oprimiera los hombros, o tal vez no podía caminar por
el dolor que le provocaban las heridas que traía en sus descalzos y sucios
pies. La niña se sentó en un rincón mal oliente y se puso a llorar.
-No
conozco al amor, -gritaba con su tibia voz-, nunca he tenido quien me ame, ni
quien me abrace en el frío, mis noches han sido largas, oscuras y solitarias,
mis lágrimas se han derramado hasta el mar y nadie las ha querido secar.
Que
maldad hay en este mundo, que maldad hay en sus gentes, en sus ojos que me
miran con desprecio, en sus manos que golpean mis mejillas, en sus pasos que
corren lejos de mí, en sus palabras que hieren mis sentimientos y en su corazón
duro, más duro que roca, que maldad en todo esto.
Entre
su llanto y su dolor llegó la magia del sueño y en el sueño del martirio
escuchó una voz:
-Busca
el amor en una gota de rocío.
Y
con la fe de un sueño voló la niña hasta encontrar una gota de rocío que vivía
en una hoja de higo, pero a pesar de la hermosura transparente de aquella
imagen, la niña sólo encontró la paz, pero el amor no estaba ahí.
-Busca
el amor en el corazón de un recién nacido.
La
niña corrió hasta el corazón de un niño que acababa de nacer y encontró la
ternura, pero el amor no estaba ahí.
-Busca
el amor en las alas de una mariposa,
-volvió a decir la voz-.
La
niña voló hasta encontrar a la más bella de las mariposas, sus alas eran como
de suave terciopelo y sus colores brillantes adornaban el cielo por donde
volaba, pero la niña sólo encontró la belleza en las alas de la mariposa, mas
no encontró al amor.
-Busca
el amor en el beso del mar y la playa.
La
niña voló con sus sueños hasta el beso de aquellos dos amantes en busca del
amor, mas sólo encontró la pasión.
La
niña volvió de su sueño más triste de cómo se había ido porque buscó el amor en
muchos lados y no lo encontró.
Entonces
la niña se arrodilló en un rincón de su callejón e hizo una oración: -“Señor, yo
casi no te conozco, nunca me han hablado de ti, pero yo sé que estás ahí. Señor
en esta noche quiero pedirte un favor muy especial, quiero pedirte que me
ayudes a encontrar al amor.”
Entonces
un rayo de luz descendió del cielo y le iluminó la cara a la niña, las
estrellas brillaron con más intensidad que nunca y la luna sonrió ante tan
conmovedora imagen. Dios bajó del cielo, tomó a la niña entre sus brazos, le
besó la mejilla y le dijo:
-Hija
mía, mí querida hija, yo soy el amor.”
Después de tanto sufrimiento y soledad la niña
encontró al amor en la sinceridad de una oración.
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