A la orilla de un cristalino lago, bajo la sombra de un árbol, está
sentado un hombre, en su mano derecha tiene una pluma y sobre sus piernas un
cuaderno, más no escribe nada, sólo piensa en lo profundo de su ser, y piensa
así:
-Si
encontrara a una mujer, que fuera la alegría de mis cantos y el consuelo de mis
llantos, que me entregara su amor sin pedir más que amor como cambio, que me
tomara de la mano y caminara junto a mí por la senda de la vida, que fuéramos
uno como la noche y la luna. Mi dolor ya no sería dolor, mi agonía ya no sería
agonía, mi soledad ya no sería soledad o tal vez sería una soledad compartida,
si encontrara a una mujer…
Al
otro lado del lago una mujer camina con pasos lentos e inseguros, a sus ojos se
asoma una perla de agua y de sal. Su mirada perdida se pierde en lo profundo de
las tersas aguas.
Ella,
también piensa en lo más profundo de su alma:
-¿Por
qué me han traicionado así? ¿Por qué me destrozan el corazón? Si encontrara a
un hombre que fuera sólo amor, que no lastimara mi débil corazón, que sólo
tuviera ojos para verme a mí, que cada noche se despidiera como si nunca fuera
a volver, y en la mañana me saludara como si nunca nos hubiéramos visto, si
encontrara a un hombre…
La mujer sigue
caminando a la orilla del lago sumida en su llanto, el hombre deja la sombra del árbol y empieza a caminar sobre el
pasto. Los dos van como ausentes, no miran nada, no sienten al viento, no escuchan
más que al silencio. En eso, sus miradas se cruzan y un mar de tormentos inunda
sus vidas.
-Que
bella mujer, -piensa él-.
-Que
hombre tan apuesto, -piensa ella-.
Por
unos instantes sus miradas se funden en el viento que acaricia las hojas de los
árboles y bajo el canto de las aves que anuncian la llegada de la primavera.
Él,
al darse cuenta de lo que pasa aparta presuroso su mirada y la vuelve hacia el
agua, ella de nuevo agacha la cabeza y se vuelve a asomar una lágrima, los dos
siguen sus caminos, pero a pasos tan lentos, que no se quieren alejar.
-No
puedo hablarle, -dice él-, pensará que soy un loco, que quiero aprovecharme de
su dolor.
-No
puedo hablarle –dice ella-, pensará que lo quiero de pañuelo de lágrimas,
pensará que busco consuelo.
Y
siguen caminando, cada quien para su lado, bajo los testigos mudos que los han
oído pedir por lo que están dejando ir.
Esta
historia no tiene final, o más bien dicho, tiene dos finales.
El
primero de ellos dice así:
-Aquel
hombre y aquella mujer siguen sus caminos y se alejan poco a poco, lo más
probable es que nunca se vuelvan a ver, él su vida, ella la suya.
El
segundo final dice así:
-Cuando el hombre
se alejaba sintió algo dentro de si que le impidió seguir caminando, miró hacia
atrás y al mismo tiempo la
mujer hizo lo
mismo, con pasos
de miedo se acercaron sin
apartarse ni un instante
la mirada.
Hoy después
de tantos años siguen
juntos creando fuego
y amor a
través de la mirada.
Si
pides algo, tienes que luchar por lo que pidas hasta lograrlo.
Esta
historia tiene dos finales, la tuya únicamente tendrá un final, tú decides cual
será…
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