martes, 20 de marzo de 2012

APRENDIZAJE


 
Es extraño lo que he aprendido de las personas que me rodean.
            De los educados, ricos y poderosos he aprendido todo lo que no debo hacer si algún día llego a ser educado, rico o poderoso; no debo sentirme superior a nadie pues no lo soy. No debo humillar a ninguno puesto que Dios nos creó a todos iguales. No debo pisotear a nadie, tal vez mañana necesite de su ayuda. La educación, el dinero o el poder no transforma mágicamente a quien lo posee, no los convierte en mejores personas. Tal vez algunos han luchado contra mil adversidades para llegar hasta donde están, pero otros tan solo han tenido la suerte de nacer donde nacieron. De cualquier forma, estas cosas no te hacen mejor que cualquier otro. Si tú eres educado, rico o poderoso, no te sientas superior a nadie, todos somos iguales y todos necesitamos de todos.
            De los pobres y analfabetas he aprendido cosas mucho más interesantes; la vida, por el simple hecho de existir es maravillosa. Las personas que saben necesitar menos en este mundo para sobrevivir y que tienen paz y amor son las verdaderamente ricas. La educación que realmente vale para el buen vivir no se gana en las universidades de renombre, sino en el seno del hogar y en la vida cotidiana. He conocido personas que no saben casi nada de muchas cosas y sin embargo son más sabias que muchos que tienen maestrías y doctorados. Con esto no quiero decir que no sea importante tener una carrera o dinero, si tienes la posibilidad de conseguirlo, hazlo, esfuerzote, pero siempre ten en cuenta lo que realmente es importante para la vida.
            De los religiosos he aprendido poco. Aprendí que no importa si lees la Biblia todo el día, si rezas y haces actos de bondad constantemente, si pasas la mitad de la vida en la iglesia o si tu única plática es Dios. Si no lo tienes en tu corazón y haces estas cosas porque realmente te nacen, en verdad no sirven de nada.
            De los políticos,  de ellos no he aprendido nada.
            De otras personas, que no encuentro una palabra para definirlas, he aprendido lo más valioso de mi vida. Que el verdadero amor es más que un conjunto de reglas imposibles, humanamente hablando, de cumplir. Mucho más que actos de aparente caridad. El verdadero Dios es un sentimiento de paz en el alma y una fe ciega. Es bondad sin presunción. Es obediencia. Quien realmente tiene a Dios en su alma y corazón lo desborda amando a todos y se nota en la felicidad que tienen en los ojos.
            Esto es lo que he aprendido de algunos de los que me rodean. 
 

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