Es
extraño lo que he aprendido de las personas que me rodean.
De los educados, ricos y poderosos
he aprendido todo lo que no debo hacer si algún día llego a ser educado, rico o
poderoso; no debo sentirme superior a nadie pues no lo soy. No debo humillar a
ninguno puesto que Dios nos creó a todos iguales. No debo pisotear a nadie, tal
vez mañana necesite de su ayuda. La educación, el dinero o el poder no
transforma mágicamente a quien lo posee, no los convierte en mejores personas.
Tal vez algunos han luchado contra mil adversidades para llegar hasta donde
están, pero otros tan solo han tenido la suerte de nacer donde nacieron. De
cualquier forma, estas cosas no te hacen mejor que cualquier otro. Si tú eres
educado, rico o poderoso, no te sientas superior a nadie, todos somos iguales y
todos necesitamos de todos.
De los pobres y analfabetas he
aprendido cosas mucho más interesantes; la vida, por el simple hecho de existir
es maravillosa. Las personas que saben necesitar menos en este mundo para
sobrevivir y que tienen paz y amor son las verdaderamente ricas. La educación
que realmente vale para el buen vivir no se gana en las universidades de
renombre, sino en el seno del hogar y en la vida cotidiana. He conocido
personas que no saben casi nada de muchas cosas y sin embargo son más sabias
que muchos que tienen maestrías y doctorados. Con esto no quiero decir que no
sea importante tener una carrera o dinero, si tienes la posibilidad de
conseguirlo, hazlo, esfuerzote, pero siempre ten en cuenta lo que realmente es
importante para la vida.
De los religiosos he aprendido poco.
Aprendí que no importa si lees la Biblia todo el día, si rezas y haces actos de
bondad constantemente, si pasas la mitad de la vida en la iglesia o si tu única
plática es Dios. Si no lo tienes en tu corazón y haces estas cosas porque
realmente te nacen, en verdad no sirven de nada.
De los políticos, de ellos no he aprendido nada.
De otras personas, que no encuentro
una palabra para definirlas, he aprendido lo más valioso de mi vida. Que el
verdadero amor es más que un conjunto de reglas imposibles, humanamente
hablando, de cumplir. Mucho más que actos de aparente caridad. El verdadero
Dios es un sentimiento de paz en el alma y una fe ciega. Es bondad sin
presunción. Es obediencia. Quien realmente tiene a Dios en su alma y corazón lo
desborda amando a todos y se nota en la felicidad que tienen en los ojos.
Esto es lo que he aprendido de
algunos de los que me rodean.
No hay comentarios:
Publicar un comentario