La conocí en el centro de un volcán. Sus labios como de rojo carmesí
hablaban de la miel y el amar. Sus mejillas como el amanecer disipaban la
oscuridad. Su rostro como la más pura imagen era el deseo de los cansados. Su
cabellera larga y fina era la cuerda salvadora de los que caían al abismo. Su
figura delicada y frágil era el refugio del guerrero. Y lo más hermoso, su
mirada, parpadeaba como las estrellas de la madrugada. Su nombre era,
mujer.
Ella
era mi todo y mi nada, mi vida y mi muerte. Y tuve que dejarla con el dolor de
mi alma cuando entendí que tenía cinco miradas, y de cada una de ellas aprendí
el amor, pero la última mirada me obligó a partir.
La
mirada de la mañana era como un rocío de perfume en los valles, en los
desiertos y en las montañas. Como si la vastedad del universo no cupiera en la
cerrada palma de mi mano. Esa fue la mirada de la mañana, de ella aprendí el
amor más tierno y frágil, y se fue, como se va todo, y ahora sólo puedo ver esa
mirada entre la niebla del olvido.
La
mirada del mediodía era como el sol resplandeciente que cubre todo sin mostrar
una sombra. Como si se ignorara que antes y después de la vida hubo dos
eternidades no vistas. Esa fue la mirada del mediodía, de ella aprendí el amor
más alocado y cambiante, y se fue, igual que la mañana, y ahora sólo puedo ver
esa mirada en viejos recuerdos.
La
mirada de la tarde era como una gardenia solitaria consolando
a los dolientes de
la triste vida.
Como comprendiendo
que el dolor ajeno mañana será nuestro. Esa fue la
mirada de la tarde, de ella aprendí el amor más fuerte y apasionado, y se fue,
como el viento del pasado, y ahora sólo puedo ver esa mirada en lo claro de una
lágrima.
La
mirada de la noche era como los que descansan de la dura jornada de los años.
Como si se entendiera que hay que dejar espacio para los que miran
al sol tras las ventanas. Esa fue
la mirada de la noche, de ella aprendí el amor más
necesitado y claro, y se fue como todos los demás, y ahora sólo puedo ver esa
mirada en la historia escrita en la playa.
La
mirada de la madrugada era como un sueño puro que alentaba a seguir por el
camino antes de desfallecer. Como si cada palabra fuera un adiós y cada lágrima
dijera: me voy. Esa fue la mirada de la madrugada, de ella aprendí el amor más
benigno y puro, y se fue, como se va la vida, y ahora sólo puedo ver esa mirada
a través del dolor que me ha dejado.
Debería
de haber una sexta mirada en la mujer, pero no la hay, porque sus ojos están
cerrados en la exacta línea entre la madrugada y una nueva mañana.
Alguien
me preguntó una vez:
-¿Nosotros
los hombres no tenemos miradas?
Yo
le contesto:
-Sí,
las tenemos, pero siempre es la misma mirada, no hay mañana, ni mediodía, ni
tarde, ni noche, ni madrugada, siempre es la misma mirada y sólo mira una cosa:
“Las
cinco miradas de la mujer”.
Y
se va al olvido al terminar la madrugada y se unen a la sexta mirada y miran
hacia la segunda eternidad.
Porque del mismo volcán nacimos y entrelazadas las
manos en el mismo fuego nos sepultarán.
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