viernes, 2 de marzo de 2012

GALERÍA



Las viejas paredes fueron testigos mudos del encuentro maravilloso entre el color de los trazos y una mente capaz de vivir en ellos. El largo túnel de grava separaba a aquellos capaces de descifrar la virtud, de aquellos que sólo miran lo que comprenden.     
Yo, recorrí el túnel de grava hasta compenetrarme con las viejas paredes de cantera que tenían colgando de su piel al arte de los callados. Era una maravillosa exhibición de color, de líneas firmes, de ideas y sueños plasmados a pincel en el lienzo.
El éxtasis invadió mi pupila como un multicolor arco iris, pero cinco fueron los cuadros que me invitaron a los ojos y a la mente de su creador…

 

I

Cuadro de otoño

Los opacos pero elegantes colores en tono verde y café danzaban al caer de los milenarios árboles. Al pie del tronco descansaba meditabunda una dama de finos vestidos, y en sus ojos una lágrima de contrastante color claro brotaba.
-¿Qué le pasa señora que llora como la arbolada?  –pregunté-.
Mas el cuadro de otoño guardó silencio por un momento, y después me dijo:
-Entra en mi prisión de color y entenderás porque lloro como la arbolada.
Entré al cuadro de otoño, y fuera del marco vi a un caballero que se alejaba por el camino pisando a las hojas, a todas por igual, a las secas y a las verdes que no debieron caer.
–Mi amado se aleja, -dijo la dama-, éste dolor se vuelve eterno pues nunca se va por completo y nunca regresa. Y yo, recargada en éste tronco no puedo correr tras él, ni gritarle que detenga su eterna retirada. Sólo me queda llorar como llora la arbolada.    
Salí del cuadro entendiendo el dolor de aquella lágrima y la tristeza de los opacos colores en tono verde y café del otoño.

 

II

La casa de los tulipanes blancos

Un valle extenso de tulipanes blancos cubrían la mitad del cuadro y en la línea exacta entre el valle blanco y el cielo azul una casa campirana posaba como reina de los  dos valles, (del  valle  blanco  y del valle azul).    
-Que felicidad sentirán los moradores de la casa,    -pensé-.
En ese momento el cuadro me absorbió y quedé parado justo frente a una ventana, en su interior un hombre me miraba con ojos locos. Empañó el cristal con su bao y escribió:
-Mira atrás, fuera del marco de éste cuadro hay un río,  una  montaña  y un  bosque de  pinos,  pero yo  nunca podré ir a beber el agua del río, ni escalar la montaña, ni oler el aroma de los pinos. Aquí mismo, a la puerta de mi casa, hay fragantes tulipanes que no puedo oler y un cielo azul claro que no puedo ver. Soy eterno esclavo de éste cuadro, porque por más que lo intento no puedo abrir las puertas y ventanas pintadas en éste lienzo.    
El hombre se alejó de la ventana y se fue al interior de la casa. Yo traté de abrir la puerta y la ventana, pero sólo conseguí manchar mis manos.
Salí del cuadro y miré la casa de los tulipanes blancos y pensé:
-Que infelices moradores.

 

III

Fuera del tiempo

El reloj de arena era la parte central del cuadro. El reloj color plata y cristal destilaba los granos de arena que a su vez eran minúsculos relojes de arena. El fondo del lienzo era negro como la noche y alrededor del reloj giraban cuerpos humanos que vanamente trataban de alcanzar al tiempo estirando sus brazos. Sus rostros denotaban angustia y el color gris de los cuerpos contrastaba sutilmente con el negro fondo, y la plata y cristal del reloj.    
-No entiendo la angustia de este cuadro, -pensé-.
Más el cuadro me destiló como si fuera un grano de arena flotando en otro tiempo y me encontré girando alrededor del gran reloj de arena, en mi interior no tenía noción del tiempo, no pasaban los siglos ni los segundos.
Los pequeños granos de arena no caían al otro lado del embudo. Las sombras grises trataban de alcanzar al reloj y en su intento infortunado lanzaban gritos de horror. Yo me había convertido en uno de ellos y desesperadamente trataba de poner en marcha al tiempo, pero no lo lograba y caía en locura.    
El cuadro me escupió a mi realidad y me dijo:
-Ahora entiendes la angustia.
Me aleje veloz del cuadro y comprendí la angustia de las sombras.
 

IV
Reencuentro

La tierra oscura sucumbía ante el contacto de la noche y en el horizonte  el color  naranja anunciaba  con orgullo  que el  sol moría. En el centro del resplandor se miraban unas pequeñas figuras humanas, la de la derecha era un hombre y la de la izquierda era una mujer.    
            Sus manos se entrelazaban fuertemente, sus rostros miraban al ocaso y sus pasos se dirigían hacia un mejor futuro. Los colores iban de lo brillante a lo oscuro. Era una pintura perfecta.    
-¿A dónde irán los enamorados? –me pregunté-.
Entonces escuché  una  voz  de  mujer  que me decía: 
-Entra en mi paraíso y te diré a donde vamos.    
Entré al cuadro y vi de ceca a la mujer y al hombre.  Los reconocí  al  instante,  eran  los  mismos  del cuadro de otoño. Le pregunté a la mujer lo que había pasado, y ella, con una gran sonrisa me contestó:
-El pintor de los cuadros vio mi sufrimiento y decidió pintar éste otro cuadro, lo tituló reencuentro. Mi amado y yo miramos siempre al ocaso y nuestros pasos no se dirigen a ningún lado. La eternidad es nuestra y somos felices porque la unión de nuestras manos nos vuelve un solo cuerpo.    
Salí del cuadro y me sentí feliz por su reencuentro. Después de todo el amor siempre triunfa.

V
El rostro detrás de la ventana

El cuadro que estaba al final de la galería no tenía nada pintado,   sólo  estaba  todo  negro.  Su  marco  era  una  ventana común y un grueso cristal lo protegía. El cuadro se llamaba, el rostro detrás de la ventana.     
-¿Pero que broma para el arte es ésta? –pensé-.
Me disponía a alejarme de ese desperdicio en la pared cuando escuché una voz que me decía:
-Sólo los que ven más allá de lo común podrán ver el rostro detrás de la ventana.
Me acerqué más al cuadro, pero en realidad no veía ningún rostro detrás de la ventana.
De nuevo me dispuse a partir, pero de nuevo escuché la voz, que me dijo:
-No mires la ventana como la miran los comunes, mira más allá de eso, trata de mirar lo que hay a lo lejos de la ventana.          
Intenté de nuevo encontrar el rostro detrás de la ventana haciendo lo que la voz me dijo. Gran sorpresa obtuve cuando descubrí que el rostro detrás de la ventana era mi rostro reflejado en el cristal.    
Dejé de ver los cuadros y abandoné la galería. Mientras me alejaba por el túnel de grava pensé que era un hombre muy privilegiado, porque pude ver más allá de lo que ven aquellos que sólo les gusta ver lo que comprenden.    
Pude ver desde los ojos de los artistas y sentí dentro de mi corazón lo que cada uno de ellos sentía al momento de pintar. Fui capaz de comprender lo que otros ni siquiera serían capaces de mirar sin sentir un miedo en su frustrado corazón.

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