Las viejas paredes fueron testigos mudos del encuentro maravilloso entre
el color de los trazos y una mente capaz de vivir en ellos. El largo túnel de
grava separaba a aquellos capaces de descifrar la virtud, de aquellos que sólo
miran lo que comprenden.
Yo,
recorrí el túnel de grava hasta compenetrarme con las viejas paredes de cantera
que tenían colgando de su piel al arte de los callados. Era una maravillosa
exhibición de color, de líneas firmes, de ideas y sueños plasmados a pincel en
el lienzo.
El
éxtasis invadió mi pupila como un multicolor arco iris, pero cinco fueron los
cuadros que me invitaron a los ojos y a la mente de su creador…
I
Cuadro de otoño
Los opacos pero elegantes colores en tono verde y café danzaban al caer
de los milenarios árboles. Al pie del tronco descansaba meditabunda una dama de
finos vestidos, y en sus ojos una lágrima de contrastante color claro brotaba.
-¿Qué
le pasa señora que llora como la arbolada?
–pregunté-.
Mas
el cuadro de otoño guardó silencio por un momento, y después me dijo:
-Entra
en mi prisión de color y entenderás porque lloro como la arbolada.
Entré
al cuadro de otoño, y fuera del marco vi a un caballero que se alejaba por el
camino pisando a las hojas, a todas por igual, a las secas y a las verdes que
no debieron caer.
–Mi
amado se aleja, -dijo la dama-, éste dolor se vuelve eterno pues nunca se va
por completo y nunca regresa. Y yo, recargada en éste tronco no puedo correr
tras él, ni gritarle que detenga su eterna retirada. Sólo me queda llorar como
llora la arbolada.
Salí
del cuadro entendiendo el dolor de aquella lágrima y la tristeza de los opacos
colores en tono verde y café del otoño.
II
La casa de los tulipanes blancos
Un valle extenso de tulipanes blancos cubrían la mitad del cuadro y en
la línea exacta entre el valle blanco y el cielo azul una casa campirana posaba
como reina de los dos valles, (del valle
blanco y del valle azul).
-Que
felicidad sentirán los moradores de la casa,
-pensé-.
En
ese momento el cuadro me absorbió y quedé parado justo frente a una ventana, en
su interior un hombre me miraba con ojos locos. Empañó el cristal con su bao y
escribió:
-Mira atrás, fuera del marco de éste cuadro
hay un río, una montaña
y un bosque de pinos,
pero yo nunca podré ir a beber el
agua del río, ni escalar la montaña, ni oler el aroma de los pinos. Aquí mismo,
a la puerta de mi casa, hay fragantes tulipanes que no puedo oler y un cielo
azul claro que no puedo ver. Soy eterno esclavo de éste cuadro, porque por más
que lo intento no puedo abrir las puertas y ventanas pintadas en éste
lienzo.
El
hombre se alejó de la ventana y se fue al interior de la casa. Yo traté de
abrir la puerta y la ventana, pero sólo conseguí manchar mis manos.
Salí
del cuadro y miré la casa de los tulipanes blancos y pensé:
-Que
infelices moradores.
III
Fuera del tiempo
El reloj de arena era la parte central del cuadro. El reloj color plata
y cristal destilaba los granos de arena que a su vez eran minúsculos relojes de
arena. El fondo del lienzo era negro como la noche y alrededor del reloj
giraban cuerpos humanos que vanamente trataban de alcanzar al tiempo estirando
sus brazos. Sus rostros denotaban angustia y el color gris de los cuerpos
contrastaba sutilmente con el negro fondo, y la plata y cristal del reloj.
-No
entiendo la angustia de este cuadro, -pensé-.
Más
el cuadro me destiló como si fuera un grano de arena flotando en otro tiempo y
me encontré girando alrededor del gran reloj de arena, en mi interior no tenía
noción del tiempo, no pasaban los siglos ni los segundos.
Los
pequeños granos de arena no caían al otro lado del embudo. Las sombras grises
trataban de alcanzar al reloj y en su intento infortunado lanzaban gritos de
horror. Yo me había convertido en uno de ellos y desesperadamente trataba de
poner en marcha al tiempo, pero no lo lograba y caía en locura.
El
cuadro me escupió a mi realidad y me dijo:
-Ahora
entiendes la angustia.
Me
aleje veloz del cuadro y comprendí la angustia de las sombras.
IV
Reencuentro
La tierra oscura sucumbía
ante el contacto de la noche y en el horizonte
el color naranja anunciaba con orgullo
que el sol moría. En el centro
del resplandor se miraban unas pequeñas figuras humanas, la de la derecha era
un hombre y la de la izquierda era una mujer.
Sus
manos se entrelazaban fuertemente, sus rostros miraban al ocaso y sus pasos se
dirigían hacia un mejor futuro. Los colores iban de lo brillante a lo oscuro.
Era una pintura perfecta.
-¿A
dónde irán los enamorados? –me pregunté-.
Entonces
escuché una voz
de mujer que me decía:
-Entra
en mi paraíso y te diré a donde vamos.
Entré al cuadro y vi de ceca a la mujer y al
hombre. Los reconocí al
instante, eran los
mismos del cuadro de otoño. Le
pregunté a la mujer lo que había pasado, y ella, con una gran sonrisa me
contestó:
-El
pintor de los cuadros vio mi sufrimiento y decidió pintar éste otro cuadro, lo
tituló reencuentro. Mi amado y yo miramos siempre al ocaso y nuestros pasos no
se dirigen a ningún lado. La eternidad es nuestra y somos felices porque la
unión de nuestras manos nos vuelve un solo cuerpo.
Salí
del cuadro y me sentí feliz por su reencuentro. Después de todo el amor siempre
triunfa.
V
El rostro detrás de la ventana
El cuadro que estaba al final de la galería no tenía nada pintado, sólo
estaba todo negro.
Su marco era
una ventana común y un grueso
cristal lo protegía. El cuadro se llamaba, el rostro detrás de la ventana.
-¿Pero
que broma para el arte es ésta? –pensé-.
Me
disponía a alejarme de ese desperdicio en la pared cuando escuché una voz que
me decía:
-Sólo
los que ven más allá de lo común podrán ver el rostro detrás de la ventana.
Me
acerqué más al cuadro, pero en realidad no veía ningún rostro detrás de la
ventana.
De
nuevo me dispuse a partir, pero de nuevo escuché la voz, que me dijo:
-No
mires la ventana como la miran los comunes, mira más allá de eso, trata de
mirar lo que hay a lo lejos de la ventana.
Intenté
de nuevo encontrar el rostro detrás de la ventana haciendo lo que la voz me
dijo. Gran sorpresa obtuve cuando descubrí que el rostro detrás de la ventana
era mi rostro reflejado en el cristal.
Dejé
de ver los cuadros y abandoné la galería. Mientras me alejaba por el túnel de
grava pensé que era un hombre muy privilegiado, porque pude ver más allá de lo
que ven aquellos que sólo les gusta ver lo que comprenden.
Pude
ver desde los ojos de los artistas y sentí dentro de mi corazón lo que cada uno
de ellos sentía al momento de pintar. Fui capaz de comprender lo que otros ni
siquiera serían capaces de mirar sin sentir un miedo en su frustrado corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario