Que hermosa sensación
es caminar. Sentir que bajo tu propia voluntad se mueven tus piernas y te
llevan a cualquier lugar que desees. Si quieres ir lento, vas lento, si quieres
correr, también lo puedes hacer. Es hermoso caminar sobre la tibia arena del
mar, en la ciudad o en el campo, el simple hecho de moverte a voluntad es una
gran bendición de Dios.
Aunque en ocasiones,
también el caminar se torna en dificultades. El camino es complicado y lleno de
trampas. A veces caes, el secreto del buen andar es levantarse después de cada
caída y continuar con el mismo empeño.
Para la gran mayoría de
las personas es muy sencillo caminar, pero para algunos, caminar es sólo un
sueño inalcanzable. Un simple paso se convierte en una aventura llena de
esfuerzos y peligros. Tratan de caminar por si solos y caen porque sus fuerzas
son insuficientes. Con ayuda de otros se logran mantener en pie y avanzar un
poco, pero en cuanto los brazos ayudadores se retiran, caen de nuevo
imposibilitados por su flaqueza. Estas personas son paralíticas.
En la vida espiritual
pasa lo mismo. Algunos podrán ser fieles y avanzar confiados hacia el reino de
Dios, algunas veces caerán y prestamente se levantarán para seguir avanzando
sin quejarse y sin mirar atrás. Otros caminarán esforzadamente, sufriendo
constantes caídas, y con gran esfuerzo continuarán su lento camino hacia el
cielo. Bienaventurados éstos que siempre miran hacia arriba. Sin embargo, otras
personas son paralíticas espiritualmente. No pueden avanzar porque las cargas
de sus pecados les impide caminar hacia la gloria de la vida eterna, tal vez
algunas veces se acerquen a Dios, pero a la primera crítica de la iglesia, al
primer desaire de un hermano enfadado, a la primera prueba de la vida, a la
primera caída del más consagrado de la junta, o cualquier otra cosa que ponga
en juego su fe, se sueltan de la mano de Dios, y vuelven a caer en su grave
parálisis espiritual. Pierden de vista el cielo, porque sus fuerzas flaquean y
se alejan de Dios. También hay otro tipo de paralíticos, éstos son los que más
pena me dan, son los paralíticos voluntarios. Aquellos cuyas piernas no se
mueven porque así les gusta estar, postrados en una cama, inservibles para
cualquier actividad. Los paralíticos espirituales voluntarios son aquellos que
no les interesa nada de Dios ni de sus promesas de salvación. Están perdidos y
así es como quieren estar. ¡Que tristeza!
Pero hay excelentes
noticias para todos los paralíticos. ¡Para todos! Para los que caminan con
dificultad, para los que no caminan nada, para los que caminan con ayuda de
otros, y aun para los que no quieren caminar. Esa noticia es, que existe un
médico, un maravilloso médico que nos ofrece la sanidad espiritual. Su nombre
es Jesús. Gustaba de caminar y ayudaba a otros a caminar junto a Él.
Un
día, unos hombres trajeron a un paralítico hasta donde Jesús estaba, Él, al ver
la fe de ellos dijo:
“Anímate, hijo, tus pecado te son perdonados”. Mateo 9:2.
Pero no sólo perdonó su
pecado, sino que dijo:
“Para que sepáis que el hijo del hombre tiene autoridad en la tierra
para perdonar pecados, dijo al paralítico: levántate, toma tu lecho y anda. Y
él, levantándose se fue a su casa. Mateo 9: 6,7.
Así de maravilloso es
Jesús, quien tiene poder para decirle a los paralíticos levántate y anda. Esa
es la gran noticia, no importa el grado de invalidez espiritual que tengas,
acércate a Jesús, pídele sanidad y el perdón de tus pecados y Él, mirándote
tiernamente te dirá:
-Hijo, no temas, tus pecados te son perdonados,
levántate, toma tu lecho y anda.
Será en ese momento
cuando dejaremos de ser paralíticos y podremos caminar confiados, tomados de la
mano de Dios, siempre mirando hacia lo eterno. Así el camino será más fácil
hasta llegar a la eternidad. Jesús te sana por amor, ámale también tú a Él.
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