A plena luz del día la luna iluminaba mi más viejo recuerdo y mi más
anhelado futuro. Las viejas calles de adoquín me veían caminar de nuevo sobre
ellas y la más privada libertad me daba la bienvenida con el chillar de un
canto gótico a una gran galería de arte abstracto, tan abstracto que aún las
mentes más educadas en estas artes batallarían para comprender. Pero yo siempre
he sido capaz de ver más allá de lo entendible, así que me adentré a esa
aventura en el centro de la vejez.
I
Mural
Una bóveda de enormes dimensiones apareció
frente a mi vista. Los murales iban desde el piso de mármol hasta el techo de
seda roja. Las formas, trazos, colores, ideas, todo en los murales era diverso.
-¡Oh
que maravilla!, el autor expresa la belleza y el amor de mil formas, -dije en
voz alta-.
En ese
momento las figuras de cuerpos femeninos, fetos, hombres sin cabeza y otras
formas sin forma, comenzaron a moverse a mi alrededor y en coro cantaban:
-No es
la belleza ni el amor en mil formas, sino la única forma del dolor.
Entonces
comprendí el dolor de las mil formas; el dolor de nacer; de amar; de crecer;
del sexo; de dejar de ser; el dolor de ser dolor.
Pronto
me alejé de la bóveda de los murales, lleno de un inexplicable y tranquilizador
dolor.
II
Incomunicación
Un cuadro impresionante detrás de los murales
me mostraba el rostro de un torero junto al rostro marchito de un toro. El
capote y la sangre se vertían sobre ambos cuerpos indistintamente.
-No
entiendo, -dije-. Son enemigos o amigos íntimos, se matarán o se darán ayuda
mutua.
El
cuadro guardó silencio. Una incomunicación entre ellos y entre mí. Un silencio
agudo rozó mi boca y no pude hablar más, pero les hablé con los ojos, diciendo:
-Son de
carne, pelo y piel. Su sangre es del mismo color. Materia similar. Pintados
sobre el mismo mar. ¿Entonces por qué se matan eternamente?
Sin
embargo el cuadro siguió en silencio, en una profunda incomunicación. Entonces
me fui de es cuadro comprendiendo su nombre.
III
Concepto encontrado
Un gran salón vacío pretendía ser arte. Sus
paredes vacías sin cuadros, sus pisos
lisos sin manchas. No había nada en el
gran salón, excepto, un vidrio rectangular en el centro del salón que se perdía
casi por completo en el suelo liso. Me acerqué desconfiado al cristal y vi que
estaba lleno de gotas de agua y de vapor por su parte de adentro. El cristal
estaba unido al suelo, era imposible moverlo y también era imposible mirar
hacia adentro porque las gotas de agua y el vapor obstruían la vista.
-¿Qué
quiso expresar el artista en esta obra tan rara? –Pregunté-.
En ese
preciso momento una luz pálida salió del cristal, me envolvió y me llevó al
interior de la obra. Adentro era frío y húmedo, aparentemente era un sepulcro
vacío. Miré al cielo desesperado por salir y vi que las gotas eran lágrimas de
dolor y el vapor eran nubes de tristeza y entre las gotas se dibujaron unas letras
que decían:
“Concepto
encontrado”.
Poco
entendí, salvo el dolor y la tristeza, pero aún así el arte me libertó.
IV
Fuera de la libertad
Que este lugar no se repita en la vida de
nadie. Fuimos creados libres y libres debemos morir.
Las
palabras brincaban en el cuadro entre dibujos de Jesús. La vieja y horrible
prisión se había transformado en la casa del arte. Con sus pasillos colgantes
antaño castigos, hoy rodeados de color, luz, paz y aroma a libertad. Con sus
cuartos pintados antaño celdas, hoy llenos de sueños, pesadillas, olvido y
dolor. Antes sus paredes fueron lienzos, sus rejas marcos, hoy cuelgan de ellas
los recuerdos del ayer.
Un
artista enclaustrado en el dolor, fuera de la libertad, pintó bellas esperanzas
en el único cuadro en que podía pintar, fuera de la libertad. Y dio un bello
deseo para todos los que aprecien más allá de lo que hay:
“Que
este lugar no se repita en la vida de nadie”.
V
La caída de la luz
La última bóveda de
la galería estaba llena de esculturas de mil formas, materiales y colores. En
su centro, en la pared más alta, colgaba un cuadro muy especial. En el cuadro
estaban dibujadas unas montañas desérticas y una gran grieta las separaba. El
sol ya se estaba ocultando y la luz que moría cruzaba entre la grieta de las montañas.
La luz caía entre los majestuosos montes y al llegar al suelo, no detenía su
caída, la luz seguía y seguía cayendo hasta llegar fuera del cuadro. Quise
hablar con el cuadro, pero ya no tuve tiempo porque era hora de que el arte
durmiera un poco.
Me fui
de la galería lleno de tranquilidad y de paz, rodeado de la oscuridad del cielo
y de la oscuridad del sonido gótico. Fui feliz, porque miré en lo abstracto y
lo comprendí…
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