miércoles, 28 de marzo de 2012

GALERÍA III



A plena luz del día la luna iluminaba mi más viejo recuerdo y mi más anhelado futuro. Las viejas calles de adoquín me veían caminar de nuevo sobre ellas y la más privada libertad me daba la bienvenida con el chillar de un canto gótico a una gran galería de arte abstracto, tan abstracto que aún las mentes más educadas en estas artes batallarían para comprender. Pero yo siempre he sido capaz de ver más allá de lo entendible, así que me adentré a esa aventura en el centro de la vejez.


I
Mural

Una bóveda de enormes dimensiones apareció frente a mi vista. Los murales iban desde el piso de mármol hasta el techo de seda roja. Las formas, trazos, colores, ideas, todo en los murales era diverso.
            -¡Oh que maravilla!, el autor expresa la belleza y el amor de mil formas, -dije en voz alta-.
            En ese momento las figuras de cuerpos femeninos, fetos, hombres sin cabeza y otras formas sin forma, comenzaron a moverse a mi alrededor y en coro cantaban:
            -No es la belleza ni el amor en mil formas, sino la única forma del dolor.
            Entonces comprendí el dolor de las mil formas; el dolor de nacer; de amar; de crecer; del sexo; de dejar de ser; el dolor de ser dolor.
            Pronto me alejé de la bóveda de los murales, lleno de un inexplicable y tranquilizador dolor.

II
Incomunicación

Un cuadro impresionante detrás de los murales me mostraba el rostro de un torero junto al rostro marchito de un toro. El capote y la sangre se vertían sobre ambos cuerpos indistintamente.
            -No entiendo, -dije-. Son enemigos o amigos íntimos, se matarán o se darán ayuda mutua.
            El cuadro guardó silencio. Una incomunicación entre ellos y entre mí. Un silencio agudo rozó mi boca y no pude hablar más, pero les hablé con los ojos, diciendo:
            -Son de carne, pelo y piel. Su sangre es del mismo color. Materia similar. Pintados sobre el mismo mar. ¿Entonces por qué se matan eternamente?
            Sin embargo el cuadro siguió en silencio, en una profunda incomunicación. Entonces me fui de es cuadro comprendiendo su nombre.


III
Concepto encontrado


Un gran salón vacío pretendía ser arte. Sus paredes vacías sin cuadros,  sus pisos lisos sin manchas.  No había nada en el gran salón, excepto, un vidrio rectangular en el centro del salón que se perdía casi por completo en el suelo liso. Me acerqué desconfiado al cristal y vi que estaba lleno de gotas de agua y de vapor por su parte de adentro. El cristal estaba unido al suelo, era imposible moverlo y también era imposible mirar hacia adentro porque las gotas de agua y el vapor obstruían la vista.
            -¿Qué quiso expresar el artista en esta obra tan rara? –Pregunté-.
            En ese preciso momento una luz pálida salió del cristal, me envolvió y me llevó al interior de la obra. Adentro era frío y húmedo, aparentemente era un sepulcro vacío. Miré al cielo desesperado por salir y vi que las gotas eran lágrimas de dolor y el vapor eran nubes de tristeza y entre las gotas se dibujaron unas letras que decían:
            “Concepto encontrado”.
            Poco entendí, salvo el dolor y la tristeza, pero aún así el arte me libertó.
 

IV
Fuera de la libertad

Que este lugar no se repita en la vida de nadie. Fuimos creados libres y libres debemos morir.
            Las palabras brincaban en el cuadro entre dibujos de Jesús. La vieja y horrible prisión se había transformado en la casa del arte. Con sus pasillos colgantes antaño castigos, hoy rodeados de color, luz, paz y aroma a libertad. Con sus cuartos pintados antaño celdas, hoy llenos de sueños, pesadillas, olvido y dolor. Antes sus paredes fueron lienzos, sus rejas marcos, hoy cuelgan de ellas los recuerdos del ayer.
            Un artista enclaustrado en el dolor, fuera de la libertad, pintó bellas esperanzas en el único cuadro en que podía pintar, fuera de la libertad. Y dio un bello deseo para todos los que aprecien más allá de lo que hay:
            “Que este lugar no se repita en la vida de nadie”.
 

V
La caída de la luz

La última bóveda de la galería estaba llena de esculturas de mil formas, materiales y colores. En su centro, en la pared más alta, colgaba un cuadro muy especial. En el cuadro estaban dibujadas unas montañas desérticas y una gran grieta las separaba. El sol ya se estaba ocultando y la luz que moría cruzaba entre la grieta de las montañas. La luz caía entre los majestuosos montes y al llegar al suelo, no detenía su caída, la luz seguía y seguía cayendo hasta llegar fuera del cuadro. Quise hablar con el cuadro, pero ya no tuve tiempo porque era hora de que el arte durmiera un poco.
            Me fui de la galería lleno de tranquilidad y de paz, rodeado de la oscuridad del cielo y de la oscuridad del sonido gótico. Fui feliz, porque miré en lo abstracto y lo comprendí…

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