jueves, 8 de marzo de 2012

GALERÍA II




La elegancia de un pasado lejano brincaba ante mis ojos como un mar de mármol. Nuevamente la mente capacitada para adentrarse en el sentimiento del pincel me llevó a un mundo de color y trazos mágicos. Cinco galerías entre la vejez del tiempo fueron testigos mudos entre la eternidad, el arte y la visión. En cada galería me habló un cuadro, cada uno con su voz y su sentimiento.


I
Relieve

Los campos, tan parecidos a los vistos por mis ojos, danzaban en  tonos  otoñales  en el  cuadro y  parecían  reales  al grado de que el viento mecía a las hojas de los árboles. Una pequeña casa campirana posaba como artista en el centro del cuadro.
-Que hermoso paisaje y que trazos tan bellos lo componen, los colores son clásicos y bien definidos. La perfección vive allí. –Dije en voz alta-.
En ese mismo momento el cuadro me absorbió y quedé atrapado entre su pintura y su lienzo. La voz de las hojas de otoño y una voz proveniente del interior de la casa, me dijo.
-Aquí el otoño es eterno, el relieve del campo es eterno,   la  luz  del  día  es  eterna.   Sólo  nos   queda  ser admirados y escuchar las críticas de los ignorantes del arte. Es increíble, la belleza y la perfección pueden ser una esclavitud eterna.
El cuadro me arrojó fuera de él antes de que pudiera decir cualquier cosa. Me alejé del cuadro de relieve y continúe entre al arte del tiempo.


II
La Madre

Otro cuadro llamó fuertemente mi atención. Era una mujer negra casi esquelética, sus ojos tristes reflejaban la voz del hambre, y con las pocas fuerzas que tenía en su cuerpo sostenía en sus brazos a un pequeño niño igual de flaco y triste que ella. El color de la piel de esos infortunados contrastaba con el fondo claro del cuadro. El marco era del color de sus ojos, negro como la noche más negra y reflejaba a la perfección el sentimiento de su corazón.
-¿Cuánta tristeza podrán soportar? –Le pregunté al cuadro-.
Al momento me vi envuelto en los colores del cuadro y fui llevado a su interior, junto a la Madre y el niño. La mujer, con sus labios partidos me dijo.
-Tú vez el exterior del mundo. Has visto la sequedad de mis labios y la tristeza de mis ojos. Has visto la delgadez de mi cuerpo y el color oscuro de mi piel. Mi hijo ha sido visto por tus ojos como el fruto verde de mi vientre, sin embargo, tus ojos te han engañado. Soy la mujer más feliz del mundo,  mi interior está  lleno de agua y alimento, y el mundo es azul y blanco. Con mis fuerzas sujeto al fruto de mi amor. Soy feliz, muy feliz.
-Te pido mil disculpas, a ti y a tu precioso hijo. Quisiera ser la mitad de feliz que ustedes.
El cuadro me expulsó de su tinta y quedé parado frente a él. Antes de irme a contemplar otros cuadros, miré más detenidamente al cuadro de la Madre y pude ver una leve sonrisa en los labios de la mujer, y en los ojos de ambos había una vislumbre de paz y amor.


III
El ojo en la pared

En la tercera galería vi un cuadro en tonos grises. Todo el cuadro era una pared lisa, sin forma alguna, en su centro estaba un agujero por donde un ojo color azul, claramente femenino miraba fijamente a los observadores del arte.
-¿Qué pensarás de cada uno de los que te miran al ojo? –Pregunté-.
-Lo que pienso no importa, -dijo el cuadro-. Lo único que te puedo decir es que me enferma el cuadro que veo eternamente. Un ojo mirando por mi pared, siempre espiando mi intimidad. Así no puedo vivir. Vete y déjame en paz.
Antes de irme noté algo extraño en el marco del cuadro. De él salían unos pequeños brazos de muñeca que aparentaban estar pidiendo auxilio  con desesperación.  Lo contrario  al  rechazo del  ojo en  la pared.  No  comprendí muy bien la contradicción y seguí contemplando el resto de la galería.

IV
Encuentro con mi soledad

En la siguiente galería vi un cuadro oscuro. Un joven arrodillado en medio de la noche aparentemente estaba llorando, nada le hacía compañía excepto la luna a sus espaldas. El cuadro era de una sutil belleza y los colores oscuros le daban un toque de elegancia y nostalgia.
-Que hermoso paisaje y que etéreo mensaje, -dije-.
La oscuridad del cuadro invadió mi vista y entre un furioso huracán de sentimientos encontrados fui llevado al centro del cuadro justo al lado del joven.
-La oscuridad me inunda hasta la locura, yo sé bien que a mis espaldas está la luna, pero al ser plasmado en la tela me es imposible voltear a ver la luz. Estoy atrapado en mi soledad.
-Yo estoy contigo, -le dije al joven para consolarlo-. Ya no estás solo, yo soy tu compañía.
-Eso es mentira, -dijo casi gritando-. Tú eres mi soledad, yo soy tu soledad. Juntos en esta soledad nos hemos encontrado con la mutua soledad. Sin embargo, tú te vas y vuelves a la soledad de quien te acompaña, la luz vuelve a inundar tus ojos y te vas para siempre con tu cuerpo de carne y hueso. Yo, me quedo solo otra vez, a oscuras, con mi cuerpo y mundo de pintura.
Salí del cuadro y sentí lástima por el joven de la soledad y de la oscuridad.
Continué observando los cuadros de esa gran galería. Pronto encontraría algo impresionante.
 

V
Ala rota

El último cuadro de toda la galería era el más impresionante de todos. Pintado sobre papel estraza estaba un ángel calvo, la pintura de acuarela y el corriente papel harían pensar a cualquiera que el cuadro había sido pintado por un niño, pero el cuadro era maravilloso, tanto en la combinación de los colores, en las líneas perfectas y en la idea del autor que me provocó un fuerte dolor de cabeza. Las alas del ángel estaban formadas con papel periódico que tenía noticias antiguas. El ala derecha estaba rota de su parte inferior y la sangre brotaba copiosamente de la herida manchando de tinte rojo el cuadro. Debajo del cuadro estaba una nota que decía: “también hay ángeles calvos”.
-¿Qué quiso decir el pintor con esta extraña obra? –me pregunté en silencio-.
El ángel comenzó a mover su ala sana y salió del cuadro, se paró frente a mí, y me dijo.
-Mi ala ha sido rota por tu infortunio, un poro naufragó en las alas de la lejanía, sin embargo, soy vigía de lo inmerso en la penumbra y guardián de los que conservan sus ideas.
El ángel volvió al cuadro sin decir más, y su sangre continuó vertiéndose en el papel.
Así salí de la galería, pensando en lo vivido. Antes de salir vi la  arquitectura que cuidaba al arte,  dos mujeres en forma de arco con sus pechos desnudos, miraban como si miraran en realidad. A pesar de ser estatuas de mármol moldeadas siglos atrás, inexistentes y sin vida, sus ojos miraban en realidad más allá de los prejuicios y la ignorancia de muchos de los que las observábamos con ojos de vida. Me fui de la galería sintiendo una extraña paz en mi alma, esa paz que me dio la nostalgia de los siglos muertos y de las obras nacidas en la mente humana perpetuada para la eternidad. 

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