La elegancia de un pasado lejano brincaba ante mis ojos como un mar de
mármol. Nuevamente la mente capacitada para adentrarse en el sentimiento del
pincel me llevó a un mundo de color y trazos mágicos. Cinco galerías entre la
vejez del tiempo fueron testigos mudos entre la eternidad, el arte y la visión.
En cada galería me habló un cuadro, cada uno con su voz y su sentimiento.
I
Relieve
Los campos, tan parecidos a los vistos por mis ojos, danzaban en tonos
otoñales en el cuadro y
parecían reales al grado de que el viento mecía a las hojas
de los árboles. Una pequeña casa campirana posaba como artista en el centro del
cuadro.
-Que
hermoso paisaje y que trazos tan bellos lo componen, los colores son clásicos y
bien definidos. La perfección vive allí. –Dije en voz alta-.
En
ese mismo momento el cuadro me absorbió y quedé atrapado entre su pintura y su
lienzo. La voz de las hojas de otoño y una voz proveniente del interior de la
casa, me dijo.
-Aquí el otoño es
eterno, el relieve del campo es eterno,
la luz del
día es eterna.
Sólo nos queda
ser admirados y escuchar las críticas de los ignorantes del arte. Es
increíble, la belleza y la perfección pueden ser una esclavitud eterna.
El
cuadro me arrojó fuera de él antes de que pudiera decir cualquier cosa. Me
alejé del cuadro de relieve y continúe entre al arte del tiempo.
II
La
Madre
Otro cuadro llamó fuertemente mi atención. Era una mujer negra casi
esquelética, sus ojos tristes reflejaban la voz del hambre, y con las pocas
fuerzas que tenía en su cuerpo sostenía en sus brazos a un pequeño niño igual
de flaco y triste que ella. El color de la piel de esos infortunados contrastaba
con el fondo claro del cuadro. El marco era del color de sus ojos, negro como
la noche más negra y reflejaba a la perfección el sentimiento de su corazón.
-¿Cuánta
tristeza podrán soportar? –Le pregunté al cuadro-.
Al
momento me vi envuelto en los colores del cuadro y fui llevado a su interior,
junto a la Madre y el niño. La mujer, con sus labios partidos me dijo.
-Tú vez el exterior
del mundo. Has visto la sequedad de mis labios y la tristeza de mis ojos. Has
visto la delgadez de mi cuerpo y el color oscuro de mi piel. Mi hijo ha sido
visto por tus ojos como el fruto verde de mi vientre, sin embargo, tus ojos te
han engañado. Soy la mujer más feliz del mundo,
mi interior está lleno de agua y
alimento, y el mundo es azul y blanco. Con mis fuerzas sujeto al fruto de mi
amor. Soy feliz, muy feliz.
-Te
pido mil disculpas, a ti y a tu precioso hijo. Quisiera ser la mitad de feliz
que ustedes.
El
cuadro me expulsó de su tinta y quedé parado frente a él. Antes de irme a
contemplar otros cuadros, miré más detenidamente al cuadro de la Madre y pude
ver una leve sonrisa en los labios de la mujer, y en los ojos de ambos había
una vislumbre de paz y amor.
III
El ojo
en la pared
En la tercera galería vi un cuadro en tonos grises. Todo el cuadro era
una pared lisa, sin forma alguna, en su centro estaba un agujero por donde un
ojo color azul, claramente femenino miraba fijamente a los observadores del
arte.
-¿Qué
pensarás de cada uno de los que te miran al ojo? –Pregunté-.
-Lo
que pienso no importa, -dijo el cuadro-. Lo único que te puedo decir es que me
enferma el cuadro que veo eternamente. Un ojo mirando por mi pared, siempre
espiando mi intimidad. Así no puedo vivir. Vete y déjame en paz.
Antes de irme noté
algo extraño en el marco del cuadro. De él salían unos pequeños brazos de
muñeca que aparentaban estar pidiendo auxilio
con desesperación. Lo
contrario al rechazo del
ojo en la pared. No
comprendí muy bien la contradicción y seguí contemplando el resto de la
galería.
IV
Encuentro
con mi soledad
En la siguiente galería vi un cuadro oscuro. Un joven arrodillado en
medio de la noche aparentemente estaba llorando, nada le hacía compañía excepto
la luna a sus espaldas. El cuadro era de una sutil belleza y los colores
oscuros le daban un toque de elegancia y nostalgia.
-Que
hermoso paisaje y que etéreo mensaje, -dije-.
La
oscuridad del cuadro invadió mi vista y entre un furioso huracán de
sentimientos encontrados fui llevado al centro del cuadro justo al lado del
joven.
-La
oscuridad me inunda hasta la locura, yo sé bien que a mis espaldas está la
luna, pero al ser plasmado en la tela me es imposible voltear a ver la luz.
Estoy atrapado en mi soledad.
-Yo
estoy contigo, -le dije al joven para consolarlo-. Ya no estás solo, yo soy tu
compañía.
-Eso
es mentira, -dijo casi gritando-. Tú eres mi soledad, yo soy tu soledad. Juntos
en esta soledad nos hemos encontrado con la mutua soledad. Sin embargo, tú te
vas y vuelves a la soledad de quien te acompaña, la luz vuelve a inundar tus
ojos y te vas para siempre con tu cuerpo de carne y hueso. Yo, me quedo solo
otra vez, a oscuras, con mi cuerpo y mundo de pintura.
Salí
del cuadro y sentí lástima por el joven de la soledad y de la oscuridad.
Continué
observando los cuadros de esa gran galería. Pronto encontraría algo impresionante.
V
Ala
rota
El último cuadro de toda la galería era el más impresionante de todos.
Pintado sobre papel estraza estaba un ángel calvo, la pintura de acuarela y el
corriente papel harían pensar a cualquiera que el cuadro había sido pintado por
un niño, pero el cuadro era maravilloso, tanto en la combinación de los
colores, en las líneas perfectas y en la idea del autor que me provocó un
fuerte dolor de cabeza. Las alas del ángel estaban formadas con papel periódico
que tenía noticias antiguas. El ala derecha estaba rota de su parte inferior y
la sangre brotaba copiosamente de la herida manchando de tinte rojo el cuadro.
Debajo del cuadro estaba una nota que decía: “también hay ángeles calvos”.
-¿Qué
quiso decir el pintor con esta extraña obra? –me pregunté en silencio-.
El
ángel comenzó a mover su ala sana y salió del cuadro, se paró frente a mí, y me
dijo.
-Mi
ala ha sido rota por tu infortunio, un poro naufragó en las alas de la lejanía,
sin embargo, soy vigía de lo inmerso en la penumbra y guardián de los que
conservan sus ideas.
El
ángel volvió al cuadro sin decir más, y su sangre continuó vertiéndose en el
papel.
Así salí de la
galería, pensando en lo vivido. Antes de salir vi la arquitectura que cuidaba al arte, dos mujeres en forma de arco con sus pechos
desnudos, miraban como si miraran en realidad. A pesar de ser estatuas de
mármol moldeadas siglos atrás, inexistentes y sin vida, sus ojos miraban en
realidad más allá de los prejuicios y la ignorancia de muchos de los que las
observábamos con ojos de vida. Me fui de la galería sintiendo una extraña paz
en mi alma, esa paz que me dio la nostalgia de los siglos muertos y de las
obras nacidas en la mente humana perpetuada para la eternidad.
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