I
El príncipe en la choza
Un día, el príncipe de un lejano y extraño reino caminaba por los
márgenes de su tierra, miraba con tristeza la pobreza extrema en la que vivían
sus súbditos. Cuando ya pensaba en regresar a su palacio, notó que una de las
chozas estaba abierta y decidió entrar en ella. Entró con cautela y vio una
mesa de madera vieja con una barra
de pan y un poco de leche sobre ella, alrededor de la mesa estaba un hombre,
su esposa y cuatro hijos.
El
cansancio de la jornada se les notaba en los ojos. A pesar de su cansancio, su
pobreza y su tristeza invitaron al príncipe a compartir el pan y la leche. El
padre oró pidiendo la bendición a Dios por la leche y el pan, para ellos y para
el viajero que había entrado en su hogar. El príncipe, sin decir nada tomó un
poco de leche y comió un pedazo de pan.
Antes
de irse, les preguntó:
-¿Acaso
no saben quien soy yo?
-Si
sabemos, -respondió el padre-, eres un hermano que ha llegado de tierras
lejanas, hambriento y sediento y por eso te hemos dado lo poco que teníamos,
hermano mío.
El
príncipe se conmovió al ver la bondad de esas personas y les dijo:
-Saben,
yo no soy un viajero sediento y hambriento, no necesitaba de su pan ni de su
leche, pero si necesitaba de su amor. Yo soy el príncipe de este reino, pero
ahora también soy su hermano. Ustedes se irán a vivir a mi palacio, les daré un
buen empleo y sus hijos podrán ir a la escuela.
Desde
ese día, aquella familia y el príncipe, vivieron juntos, como hermanos.
II
El
sacerdote que habló con Dios
Un sacerdote lloraba amargamente, estaba cansado de su hipocresía, ya no
quería ser lo que era. Cayó de rodillas y le suplicó a Dios:
-Señor,
ya no quiero ser como soy, hablo de tu amor y no tengo amor, me he enriquecido
con el dinero de los fieles, he tratado de
vender la salvación, reprimo a los pecadores siendo yo el más
pecador, he tratado de acercar a la gente a ti por medio del temor más que por
tu amor, he roto tus leyes, soy el peor de los hombres y presumo mi falsa
santidad. Señor, ya no quiero decir que soy tu enviado, pues a veces hasta he
dudado de tu existencia. Pero estoy arrepentido de mis culpas, quiero pedirte
perdón. Dios mío, quiero ser tu amigo, tu amigo de verdad.
Dios,
al conocer la sinceridad del corazón del sacerdote descendió del cielo en forma
de una llamarada de fuego blanco y le dijo al sacerdote:
-Tu
sinceridad es grande, y yo te perdono todas tus faltas, porque
te amo. Ahora
que te has
arrepentido y quieres dejar de
hacer las cosas que hacías deberás compensar todo el mal con bien, debes ayudar
a los pobres y hablarle de la salvación a todos los hombres, no debes pecar más
y debes de llenar de amor tu vida, y ya
no digas que soy tu enviado, mejor di que soy tu mejor amigo.
Desde
aquel día el sacerdote abandonó sus hábitos y se fue por el mundo a hacer el
bien y ha hablarle a todos del amor de Dios. Dejó de ser sacerdote y se
convirtió en el amigo de Dios.
III
Un nuevo amigo
En una lejana zona del mundo, en un tiempo antiguo, existieron dos
países que estaban en guerra desde hacía muchos años, la causa del conflicto
era una franja de tierra que los dos países reclamaban como suya. Esa zona era
totalmente estéril, no había minas, ni
mar, ni bosques, ni se podía sembrar nada, pero a pesar de que
esa zona no servía para nada el conflicto entre los países continuaba y era
encarnizado y sangriento.
Un día los
generales de ambos ejércitos se reunieron para tratar una tregua. El general
del país del norte decía que no debería haber tregua, que la lucha debía
continuar hasta que uno de los dos se rindiera y el vencedor se
quedara con la
zona en conflicto,
pero el general del sur insistía
en una tregua, así estuvieron discutiendo por largo rato.
Un
anciano que pasaba por el lugar escuchó la discusión y se acercó, y como si
fuera el más grande de los generales reprimió a los otros dos.
-Yo
he sufrido los estragos de esta guerra, guerra absurda y estúpida, hemos pasado
muchos años matándonos por una tierra infértil e inútil, la decisión más sabia
no es continuar la guerra, ni hacer tregua, la decisión más sabia es terminar
con los problemas. Yo les tengo una solución, por que no se reparten la tierra,
mitad y mitad, para el norte y para el sur.
El
anciano después de hablar se fue tan callado como había llegado. Los generales
meditaron en las palabras del anciano y llegaron al acuerdo de repartir
equitativamente la tierra, al fin y al cabo no servía para nada, tal vez
excepto para pelear.
Desde
aquel día en que terminó la guerra, los países se hicieron amigos y con el paso
del tiempo llegaron a ser un solo país, fuerte y poderoso y así se mantiene
hasta nuestros días.
La
verdadera amistad te da más poder que la enemistad.
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