jueves, 8 de marzo de 2012

UNA HISTORIA Y DOS MENTIRAS


 

I

El príncipe en la choza


Un día, el príncipe de un lejano y extraño reino caminaba por los márgenes de su tierra, miraba con tristeza la pobreza extrema en la que vivían sus súbditos. Cuando ya pensaba en regresar a su palacio, notó que una de las chozas estaba abierta y decidió entrar en ella. Entró con cautela  y vio una  mesa de  madera vieja con  una barra  de pan y un poco de leche sobre ella, alrededor de la mesa estaba un hombre, su esposa y cuatro hijos.     
El cansancio de la jornada se les notaba en los ojos. A pesar de su cansancio, su pobreza y su tristeza invitaron al príncipe a compartir el pan y la leche. El padre oró pidiendo la bendición a Dios por la leche y el pan, para ellos y para el viajero que había entrado en su hogar. El príncipe, sin decir nada tomó un poco de leche y comió un pedazo de pan.    
Antes de irse, les preguntó:
-¿Acaso no saben quien soy yo?
-Si sabemos, -respondió el padre-, eres un hermano que ha llegado de tierras lejanas, hambriento y sediento y por eso te hemos dado lo poco que teníamos, hermano mío.
El príncipe se conmovió al ver la bondad de esas personas y les dijo:
-Saben, yo no soy un viajero sediento y hambriento, no necesitaba de su pan ni de su leche, pero si necesitaba de su amor. Yo soy el príncipe de este reino, pero ahora también soy su hermano. Ustedes se irán a vivir a mi palacio, les daré un buen empleo y sus hijos podrán ir a la escuela.    
Desde ese día, aquella familia y el príncipe, vivieron juntos, como hermanos.

 

II

El sacerdote que habló con Dios

Un sacerdote lloraba amargamente, estaba cansado de su hipocresía, ya no quería ser lo que era. Cayó de rodillas y le suplicó a Dios:
-Señor, ya no quiero ser como soy, hablo de tu amor y no tengo amor, me he enriquecido con el dinero de los fieles, he tratado de  vender la  salvación,  reprimo a los pecadores siendo yo el más pecador, he tratado de acercar a la gente a ti por medio del temor más que por tu amor, he roto tus leyes, soy el peor de los hombres y presumo mi falsa santidad. Señor, ya no quiero decir que soy tu enviado, pues a veces hasta he dudado de tu existencia. Pero estoy arrepentido de mis culpas, quiero pedirte perdón. Dios mío, quiero ser tu amigo, tu amigo de verdad.    
Dios, al conocer la sinceridad del corazón del sacerdote descendió del cielo en forma de una llamarada de fuego blanco y le dijo al sacerdote:
-Tu sinceridad es grande, y yo te perdono todas tus faltas,  porque  te  amo.  Ahora  que  te  has  arrepentido  y quieres dejar de hacer las cosas que hacías deberás compensar todo el mal con bien, debes ayudar a los pobres y hablarle de la salvación a todos los hombres, no debes pecar más y debes de llenar de amor tu vida,  y ya no digas que soy tu enviado, mejor di que soy tu mejor amigo.    
Desde aquel día el sacerdote abandonó sus hábitos y se fue por el mundo a hacer el bien y ha hablarle a todos del amor de Dios. Dejó de ser sacerdote y se convirtió en el amigo de Dios.


III

Un nuevo amigo

En una lejana zona del mundo, en un tiempo antiguo, existieron dos países que estaban en guerra desde hacía muchos años, la causa del conflicto era una franja de tierra que los dos países reclamaban como suya. Esa zona era totalmente estéril, no había minas,   ni mar,   ni bosques,  ni se podía sembrar nada, pero a pesar de que esa zona no servía para nada el conflicto entre los países continuaba y era encarnizado y sangriento.    
Un día los generales de ambos ejércitos se reunieron para tratar una tregua. El general del país del norte decía que no debería haber tregua, que la lucha debía continuar hasta que uno de los dos se rindiera y el vencedor  se  quedara  con  la  zona  en  conflicto,  pero  el general del sur insistía en una tregua, así estuvieron discutiendo por largo rato.
Un anciano que pasaba por el lugar escuchó la discusión y se acercó, y como si fuera el más grande de los generales reprimió a los otros dos.
-Yo he sufrido los estragos de esta guerra, guerra absurda y estúpida, hemos pasado muchos años matándonos por una tierra infértil e inútil, la decisión más sabia no es continuar la guerra, ni hacer tregua, la decisión más sabia es terminar con los problemas. Yo les tengo una solución, por que no se reparten la tierra, mitad y mitad, para el norte y para el sur.    
El anciano después de hablar se fue tan callado como había llegado. Los generales meditaron en las palabras del anciano y llegaron al acuerdo de repartir equitativamente la tierra, al fin y al cabo no servía para nada, tal vez excepto para pelear.    
Desde aquel día en que terminó la guerra, los países se hicieron amigos y con el paso del tiempo llegaron a ser un solo país, fuerte y poderoso y así se mantiene hasta nuestros días.    
La verdadera amistad te da más poder que la enemistad.     

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