La modernidad y lo clásico en una mezcla perfecta, entre lo sencillo y
el lujo. Una galería por encima de la tierra que la sustenta, muy por encima,
como si fuera un sueño de sus deseos más profundos, inalcanzables, pero que a
la vez se ha materializado en el mismo centro de su existencia. Esto es lo que
vi en ese mundo irreal en el que cada día hábito sin pertenecer a él.
I
Sacrosanto.
Mil y un cuadros, todos ellos de santos y vírgenes, de Cristos
crucificados y de ángeles eternos.
-Que felices han de ser, -pensé-, tan
cerca de la gloria de Dios.
En ese mismo instante todos los
cuadros se empezaron a mover y con lágrimas de sangre brotando de sus ojos me
dijeron en coro:
-Que no ves nuestro sufrimiento,
mira los rostros dolidos por la cruz que llevamos a cuestas. Estamos aquí
eternamente, mirando al cielo sin poder llegar. Somos infelices, lejos de la
gloria de Dios.
-Lo lamento mucho… yo… pensé… no
podía comprenderles, he visto ya su dolor, la santidad es sufrimiento.
Los cuadros me rodearon y me
hicieron sentir su profundo sufrimiento, después, en un segundo, volvieron a
ser los mismo oleos sin vida que desde tiempos antiguos han sido. Esa era la
parte más alta de la galería, bajé los escalones de mármol y me alejé de esa
casa de dolor artístico.
II
Abstractos
En la siguiente galería había muchos cuadros de formas sin forma, de
colores indefinidos a mi mente, de ideas que son y dejan de ser en un sueño.
Extraños ante la vista de los comunes, exquisitos ante la mirada experta de los
sabios.
-No los comprendo, -dije en voz
alta-, y si no los comprendo los vuelvo nada.
En cuanto terminé de hablar la
galería se volvió un espectáculo multicolor, todas las formas y los colores,
las ideas y los sueños giraban en la galería y en voces de eco gritaban:
-No podrás volvernos nada, somos lo
que somos aunque no nos comprendas, porque siempre habrá una mente que nos
vuelva todo con la comprensión. Así somos y somos grandes.
Las formas, los colores, las ideas y
los sueños volvieron a sus cuadros. Yo no les comprendí del todo, así que mejor
me fui, dándoles una rápida mirada, al siguiente salón.
III
El
puerto.
Un cuadro excepcional. Su marco de finos troncos entrelazados, ramas,
podrían decir algunos, denigrando a los troncos pequeños. Su cuadro en sepia de
un puerto antiquísimo, con árboles, casas y el mar ya casi ilegibles.
-Que belleza, que paz, -retumbó mi
mente-, ese es un lugar exquisito. Quisiera estar ahí.
En ese momento un torbellino breve y
fuerte me adentró en el cuadro de marco en tronco. Adentro era más bello aún, a
la distancia se veía el sol ocultándose en el horizonte pálido del mar. Todo
era tranquilo y silencioso. En este cuadro no hubo reclamas de tristeza ni de
incomprensión. La simpleza puede llegar a ser lo más bello del mundo.
Salí del cuadro en el mismo
torbellino y lo observé con la mente pausada. Fue bello, me llenó de paz, pero
nada es para siempre, lo tuve que dejar y continuar por el salón viendo otros
cuadros.
IV
El
viajero
Un viajero solitario miraba hacia el horizonte, el desierto se extendía
ante sus pies, se volvía infinito junto a las montañas. El hombre miraba como
esperando no sé que cosa. En la soledad, con su sombrero y su gabardina, el sol
ocultándose tras las montañas lo pintaba todo de gris.
-¿Qué mirará? –pensé-. ¿Qué estará
esperando?
Un tenue rayo de luz brotó del
horizonte del cuadro y me atrajo hacia su interior. Quedé parado justo frente
al viajero.
-¿Quién eres? –preguntó extrañado-.
-Soy un viajero como tú, he estado
observándote desde afuera y me pregunto que miras y que esperas.
-Miro el horizonte, las montañas y
el desierto, la belleza de cada cosa, la escasa luz que el sol al escapar nos
deja. Sé, espero algo pero no recuerdo que, es tanto el tiempo que he esperado
que ya olvidé lo que espero, pero aunque no lo recuerde seguiré esperando hasta
que llegue lo esperado.
-Respeto tu decisión, es digna de
admirarse y espero que pronto veas venir lo que tanto esperas, mientras tanto
sigue observando el horizonte, el desierto y las montañas, esa tenue luz te
seguirá acompañando.
Salí del cuadro en el rayo de luz y
el viajero continuó mirando y esperando. Fue un retrato casi surrealista. Yo
seguí mi camino por el salón.
V
La guardiana del huevo negro.
Rareza, esa sería una buena palabra para describir el cuadro que estaba
frente a mis ojos. Una mujer sin cabello y vestida de amarillo, vestido largo
hasta el suelo rojo con negro. Una capa azul turquesa le caía por los hombros.
La mujer parecía estar sentada sobre el viento y entre sus piernas un huevo
negro. Lo cuidaba, era su guardiana. El horizonte se pintaba en fuego.
-¿De qué será ese huevo que tan
fielmente proteges?
El fuego del cuadro me consumió y me reunió de nuevo en su interior. La mujer
tomó el huevo con cariño entre sus manos y me dijo:
-Hay secretos tan místicos y
profundos que es mejor no conocerlos. Lo que este huevo contiene es uno de esos secretos, ni yo misma
lo conozco, lo único que sé es que debo protegerlo hasta que su dueño venga por
él. Ya llegará el momento de saberlo.
-Es extraño, -le dije a la mujer-,
proteges tan fielmente algo que no sabes lo que es.
-No lo entenderías nunca, -me dijo-,
pero créeme, tú mismo tienes algo que proteger, sin conocerlo y lo haces sin
darte cuenta.
El fuego me expulsó del cuadro antes
de que pudiera hacerle más preguntas. Me quedé mirándola, protegiendo su huevo
negro con gran paz y felicidad.
No entendí, pero hay secretos que es
mejor dejarlos dentro de su huevo, hasta que llegue el momento exacto en que
deban nacer.
Terminé de ver los cuadros de la galería
y emprendí el viaje de regreso a mi refugio. No me puedo ir del todo de esa
galería, yo mismo pertenezco a sus misterios.
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