martes, 20 de marzo de 2012

INJUSTICIA




En invisibilidad me fue permitido entrar al reino de la naturaleza, justo al estrado presidido por el juez de las bestias.
-Que pase el acusado, -gritó el guardia-.
Por la puerta principal del juzgado entró un cuervo batiendo las alas y se paró frente al juez de las bestias.
-El cuervo es acusado de matar a un buitre de la guardia real, -dijo el fiscal-.
El cuervo se declaró culpable y el juez de las bestias dictó la condena:
-¡El cuervo ha de morir clavado en la espina de un rosal!
-Que pase el segundo acusado, -gritó el guardia-.
Al juzgado entró un viejo lobo, su paso era lento y errante, pero aún así llegó hasta el juez.
-El lobo ha robado el alimento de las arcas del rey, -dijo el fiscal-.
El lobo se declaró culpable y el juez de las bestias dictó la condena:
-¡El lobo ha de morir siendo arrojado al enorme barranco!
-Que pase el tercer acusado, -gritó el guardia-.
Por una puerta lateral entró una yegua, en sus ojos se veía una honda tristeza. La yegua orgullosa se paró frente al juez de las bestias.
-La yegua ha traicionado a su macho y se ha escapado con un caballo negro, -dijo el fiscal-.
La yegua se declaró culpable y el juez dictamino su castigo:
-¡La yegua será encerrada por su macho y ha de morir de hambre!
-Que pase el cuarto acusado, -gritó el guardia-.
En una enorme pecera fue llevado un tiburón hasta la presencia del juez de las bestias.
-El tiburón ha derrumbado el templo del sacerdote del mar, -dijo el fiscal-.
El tiburón confesó ser culpable y el juez de las bestias le dio su castigo:
-¡El tiburón ha de morir quemado en el centro de un volcán!
Yo miraba todo esto en invisibilidad y pensaba en lo justo que era el rey de las bestias, pues al cuervo homicida le daría su justo castigo, igual que al lobo ladrón. La yegua adultera recibiría su justo castigo y el tiburón destructor sería justamente castigado con la muerte. Que justicia tan sabia veía en el reino de la naturaleza.
Al día siguiente todas las criaturas del reino se reunieron en el jardín. Todos clamaban justicia, todos querían ver la sangre del cuervo. El homicida del buitre fue clavado en la más grande espina del rosal y ahí murió desangrado. Con la muerte del cuervo se había hecho justicia para el buitre asesinado.
Al mediodía todos se reunieron en la orilla del barranco en busca de justicia, todos querían ver la caída del lobo. El ladrón de las arcas del rey fue arrojado al profundo barranco. Con la muerte del lobo se había hecho justicia para las arcas del rey.
En la tarde todos fueron a la caballeriza donde estaba el caballo traicionado. La yegua fue encerrada por su  macho  y  una  semana   después   habría  de   morir  de hambre. Con la muerte de la yegua se había hecho justicia para el caballo traicionado.
Por la noche, fueron todas las bestias del reino a la orilla de un volcán, todos querían ver el ardor del tiburón. El destructor del templo del mar fue arrojado a las brazas ardientes del volcán y murió quemado. Con la muerte del tiburón se había hecho justicia para el sacerdote del mar.
La justicia en todos los casos, había triunfado.
Algún tiempo después vagaba en invisibilidad por el reino de la naturaleza y me encontré con la tumba del cuervo.
-¡Ay cuervo! ¿Por qué asesinaste a ese pobre buitre?
-Si tú supieras la historia, -me dijo el espíritu del cuervo-. Yo volaba por el cielo en compañía de mi amada, jugábamos en el viento y nos besábamos las almas, en eso vimos a la guardia real volando a lo lejos. Uno de los buitres de la guardia atacó a mi amada y la llevaba presa a su nido entre las garras. Yo, con la furia de la sangre de mi amada volé veloz hasta el buitre y lo golpeé fuertemente, el buitre soltó a mi amada y ella escapó de sus garras volando hacia la libertad, pero el buitre cayó en las espinas del jardín y murió desangrado. Es por eso que me convertí en homicida.
-Que pena me da tu muerte, -le dije al cuervo-.
Pero él sabiamente respondió:
-Pena debe darte el que mata por matar y la justicia que lo deja en libertad.
Más tarde caminaba en invisibilidad por el fondo del barranco y me encontré con el sepulcro del lobo.  
-¡OH lobo! ¿Por qué robaste las arcas de rey?
-Escucha la historia, -me dijo el espíritu del lobo-. Durante  toda  mi  vida  trabajé  protegiendo  al  rey,  pero cuando envejecí se acabo la fuerza, la agilidad y la astucia; el rey me arrojó fuera del palacio y ya no quiso darme ningún trabajo. Nadie afuera ni adentro del reino tenía un trabajo para un viejo lobo. Mi familia tenía hambre y yo también. Pedí compasión al rey y a los príncipes, pero nuevamente me rechazaron. Pedí limosna en las calles del reino pero no recibí ni un hueso. Y un día pensé; toda mi vida trabajé para un rey malagradecido y envidioso, él tiene sus arcas llenas de comida, robaré un poco para alimentar a mi familia. Pero el rey me descubrió y me llevó ante el juez. Es por eso que me convertí en ladrón.
-Que pena me da tu muerte, -le dije al lobo-.
Mas él astutamente me dijo:
-Pena debe darte el que roba por robar y la justicia que lo deja en libertad.
Al siguiente día caminaba por las caballerizas en medio de mi invisibilidad y me encontré con la tumba de la yegua.
-Pobre yegua, ¿por qué adulteraste con ese caballo negro traicionando a tu macho?
-Deja que te cuente la historia, -me dijo el espíritu de la yegua-. Desde que era una potranca miraba desde mi caballeriza a un espíritu libre galopando en la pradera. Él era tan hermoso, su pelaje negro brillaba ante el sol y su porte era más distinguido que el del mismo rey. Yo lo amaba y él me amaba. Pero mis amos y mis padres me unieron a un caballo que me era detestable. La infelicidad vivía mi vida y la amargura la acompañaba. Sin embargo, un día apareció mi corcel negro y huimos de la caballeriza. Mas mi dueño me encontró y me trajo al juzgado. Es por eso que cometí el adulterio.
-Que pena me da tu muerte, -le dije a la yegua-.
Pero ella, tranquilamente respondió:
-Pena debe darte el que adultera por placer y la justicia que lo deja en libertad.
En la noche fui al volcán a contemplar el espectáculo luminoso a pesar de mi invisibilidad y me encontré con la cruz del tiburón.
-Triste tiburón, ¿por qué derrumbaste el templo el sacerdote del mar?
-Amigo mío, déjame platicarte lo que sucedió, -me dijo el espíritu del tiburón-. Un día nadaba alrededor del templo y escuché que el sacerdote les decía a sus soldados que todos los tiburones debían ser muertos antes del anochecer. Mi corazón se llenó de ira y quise dar aviso a todos los tiburones, pero el sacerdote me descubrió y me aprisionó. Con las últimas fuerzas que me quedaban derrumbé el templo y di aviso a los tiburones para que huyeran del sacerdote del mar. Mis fuerzas flaquearon y no pude huir con mis compatriotas y los soldados me trajeron ante el juez. Es por eso que me convertí en un destructor.
-Que pena me da tu muerte, -le dije al tiburón-.
Pero él con firmeza respondió:
-Pena debe darte el que destruye por maldad y la justicia que lo deja en libertad.
Yo miraba todo esto en invisibilidad y pensaba en lo injusto que era el rey de las bestias. Pues el cuervo había matado por defender a su amada. El lobo había robado para alimentar a su familia. La yegua había adulterado por amor. El tiburón había destruido para salvar a su raza. ¡Que injusto era el rey de las bestias y que torpe el reino de la naturaleza!
Me enfurecí tanto que dejé mi invisibilidad y fui con el juez de las bestias y le protesté por su injusticia.
-Es un traidor y es un rebelde, -gritó el fiscal-.
Yo me declaré culpable y el juez dictó mi castigo:
-Ha de morir enterrado en la playa con la cabeza de fuera hasta que suba la marea y lo ahogue.
Al día siguiente me sepultaron en la playa, con la cabeza de fuera y el juez ordenó que nadie se acercara a mí, pues era un rebelde y mi lengua un peligro, y lo cumplieron, casi todos. Cuando la marea comenzó a subir, llegó hasta mí la amada del cuervo y me dijo:
-No sufras, pues hay crímenes que no son crímenes y pecados que no son pecados. Mi amado murió por salvarme la vida y aunque a la vista de las bestias es un condenado, ante la vista del juez supremo es un héroe.
La amada del cuervo se fue volando y me dejó solo con el polvo y la marea.
La marea ya tocaba mi barbilla cuando llegó la familia del lobo hasta mí, y me dijeron:
-No pierdas la fe, pues aquí hay fiscales y jueces que castigan los pecados que ellos mismos cometen. Nuestro padre murió por buscar nuestro bien y aunque a la vista de las bestias es un ladrón, ante los ojos del cielo es un justiciero.
Los lobos se fueron al bosque y me dejaron solo con el mar.
La marea ya llegaba hasta mi boca cuando llego hasta mí un hermoso corcel negro que me dijo:
-No odies cuando ya no estés aquí, muchos son los que condenan por sus frustraciones y su cerrazón. Mi amada yegua murió en el nombre del verdadero amor y de la libertad y aunque a la vista de las bestias es una adultera, ante los ojos del infinito es el nombre del amor.
El corcel negro se fue galopando y me dejó solo ante mi muerte.
El mar me cubría por completo y antes de ahogarme llegaron ante mí miles de tiburones que me dijeron:
-No llores, que en el fondo del mar no hay llanto. Los jueces y los reyes aprisionan los sueños, pero al mundo a donde vas los sueños son libertad. El tiburón que nos dio la paz murió para salvarnos y aunque a la vista de las bestias sea un destructor, ante la vista de Dios es un libertador.
Los tiburones se fueron y me dejaron solo con mi nueva muerte.
A la orilla del mar está mi sepulcro y mi epitafio dice lo siguiente:
“No tengas pena de mi muerte. Pena debes tener de los rebeldes de la justicia y de los jueces que los dejan en libertad”.
 

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