Había un hombre que era ciego y vivía solo en una casa muy pobre, la
gente lo veía caminando por las calles, pidiendo limosna y recogiendo vidrios y
piedras. A todos les parecía raro, pero nadie se ocupo de investigar.
Hasta que un día un extranjero notó
la extraña costumbre del ciego y le preguntó:
-Buen hombre, he visto tu forma de
actuar y me gustaría saber porque lo haces. Dímelo y haré un gran bien por ti y
te daré mi amistad.
En ese mismo instante el hombre
ciego se agachó y recogió del suelo un vidrio.
-Sígueme, -dijo y empezó a caminar-.
Llegaron a la casa del ciego, que
era muy pobre, casi unas tapias. Entraron a la casa y el ciego le dijo a su
nuevo amigo:
-Cada vez que alguien me maltrata
recojo una piedra y la pongo en ese rincón.
El extranjero sorprendido vio que el
montón de piedras era enorme.
-Cada vez –continuó el ciego- que
alguien me trata bien, recojo un vidrio y lo pongo en la pared.
La pared estaba un tanto oscura, así
que el extranjero se acercó más y
encendió una pequeña lámpara que traía en su bolsillo. ¡Que maravillosa
sorpresa encontró! Los vidrios que el ciego había pegado en la pared eran
pocos, pero habían formado una imagen hermosa. Era el rostro de Yeshúa.
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