Aún
recuerdo la última vez que pude volar, fue en una noche estrellada de junio,
estaba sentado sobre una roca contemplando el firmamento. Mi compañía; el
viento, la noche, los grillos, arbustos espinosos, mi soledad. Una estrella
brilló tan fuerte que me cegó por un instante.
-Tal vez pueda volar, -pensé-, como
antes lo he hecho.
Arrojé mi miedo a la nada y batí mis
alas con fuerza, mis pies se despegaron del suelo y el mundo comenzó a hacerse
pequeño. Volé tan alto que alcancé las estrellas y con el oscuro viento de mis
alas las arrastré hasta el mar, allí se transformaron en olas que llegaron a la
playa llenas de luz, y, ¡Oh maravillosa sorpresa! Ahí estaba ella, sí, ella, la
dueña de mi corazón y mi alma. Al verme, rodó una lágrima por su mejilla.
-No llores, -le dije-, que no ves
que otra vez he podido volar.
-Tengo que dejarte, -me dijo-, tú no
podrás entenderlo, mi amor por ti es fuerte pero no puedo seguir a tu lado.
Dejé de mover mis alas, descendí
hasta ella y sin decir una sola palabra la abracé.
-Si tienes que irte, vete, mas nunca
lo olvides, soy tuyo por la eternidad.
-Te amo, -dijo ella bañada en
llanto-.
Me abrazó fuertemente y se fue. Yo
me quedé en silencio, con el corazón destrozado, viendo como se iba la mitad de
mi vida. De pronto, un dolor inmenso en mis alas, al mirarlas vi como se
derretían como la cera ante el fuego y noté que las lágrimas de mi amada quemaban
mis alas. Así me quedé, solo y sin alas, sin mi amada y sin poder volar. Sin
embargo, el dolor más profundo fue el significado de la muerte de mis alas, se
quemaron porque las lágrimas eran falsas aún más que las palabras, todo fue,
una cruel mentira.
Esa noche de junio fue la última vez
que pude volar, también fue la última vez que pude llorar. Tal vez algún día
pueda volar sujeto a las alas de otro ser y lloraré de nuevo devolviendo las
estrellas a su lugar.
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