El sordo susurro de la
caída del agua me arrebató del sueño. La madrugada era vieja y su muerte
cercana. El sueño no volvió a mis ojos. Los pensamientos agolpados en mi mente
me perturbaban hasta el cansancio de la vida, y de pronto, como en un cambio de
sueño o de vida, aparecí en la montaña desde donde miraba todo lo que quisiera
mirar.
Sentado en la montaña me vi envuelto
en un hermoso espectáculo de la naturaleza; la luz del sol ya iluminaba al
nublado cielo pero aún no aparecía sobre la faz de la tierra; las nubes
tímidamente iluminadas aparentaban ser una gran masa de azúcar cubriendo el
azul cielo de la nueva mañana; los árboles se mecían como si con gratitud
excelsa recibieran su nuevo día; las aves cantaban gozosas sin preocuparse de
nada; y el viento, ese viento que con suavidad acariciaba mi rostro haciéndome
olvidar mis penas. Fue un espectáculo hermoso.
Esa maravilla de la naturaleza me
hizo entender que Dios estaba conmigo en ese momento. En el sol, en las nubes,
en el cielo, en los árboles, en las aves y en el viento, allí estaba Dios.
Después entendí que Dios está en todo, en cada lugar y en cada momento, en cada
ser y en cada corazón.
Esa fue mi maravillosa mañana con
Dios.
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